Lunes por la mañana. Aún queda media hora para que el despertador me saque de la cama y ninguna prisa que tengo. De pronto, suena el teléfono; mi mujer da la voz de alarma: el camión de la basura ya está en la puerta. Ella entra antes a trabajar y los vio al salir. ¡Pánico! Se nos ha olvidado, y no es la primera vez, sacar el cubo de basura inorgánica -ese de color negro, no el verde ni el azul- a la calle.
Salto de la cama como un leopardo, me pongo lo primero que tengo a mano – en este caso, unos vaqueros y la camiseta del pijama- y bajando los escalones de 2 en 2 llego a la puerta principal. Ya se oye el ruido del camión volcando los cubos de los vecinos. Voy a abrir y… la puerta está cerrada con llave. Rápidamente busco las llaves de la casa en el armarito de la entrada; esta no, esta no…¡esta sí! Abro la puerta como un rayo, tomo el cubo de basura inorgánica – el negro, no el verde ni el azul, como ya dije- y los desplazo diez metros -sí, diez, ni uno más- desde la puerta de casa hasta donde se detiene el camión de la basura. Diez metros que me parecen diez kilómetros. Diez metros que son la diferencia entre que te vacíen el cubo y esperar una semana -sí, una semana- a que vuelven a pasar por mi puerta. ¡Que no llego, que no llego! Al fin, con el cubo en ristre alcanzo a los operarios cuando ya se disponían a marcharse. Apenas abro la boca para excusarme por olvidar sacar el cubo la noche anterior, pero no me sale el aire. No hace falta, mecánicamente me lo quitan de las manos y lo vuelcan en el contenedor, se suben y se alejan. 1 minuto más tarde y no lo habría logrado, pero esta vez: misión cumplida. Con el susto aún en el cuerpo me voy a desayunar. Tostadas y una tila.
Y es que, el sistema de recogida de basuras en Alemania es muy particular. Para empezar y a diferencia de España donde tenemos contenedores en las calles todo el santo día y uno puede bajar -más o menos- cuando le da la gana a deshacerse de sus desechos, aquí cada vecino -o comunidad de vecinos- es responsable de almacenar sus basuras a salvo de la vista de los demás hasta el momento de la recogida, que suele ser una vez a la semana en verano, o cada dos semanas, en invierno. Ese día -normalmente la noche antes- cada vecino -o el portero, en el caso de un bloque de viviendas- es responsable de sacar su cubo a la calle hasta el punto de recogida. En mi caso a diez metros de la puerta de casa, pero como si fuesen trescientos; si no los acerco allí, el camión pasa de largo. Y si pasa de largo, pues te quedas con tu basura en casa otra semanita, y como lógicamente basura se produce todos los días y la capacidad del cubo no es ilimitada, lo más probable es que al poco tiempo ya no tengas sitio en tu cubo para nada más, y eso es otro problema: cada vecino paga una cantidad en concepto de recogida de basuras en función del tamaño del cubo que tiene arrendado. Es decir, aquellas familias que generan más basuras han de contratar un cubo de mayor capacidad y por supuesto pagan más por el servicio que otras que generen menos desperdicios y por tanto hayan contratado un cubo de menos litros. ¿Esto qué quiere decir? Pues que como uno paga exclusivamente en función del tamaño del cubo, los basureros SÓLO se hacen cargo de lo que está dentro. Si dejamos bolsitas de basura primorosamente cerradas al lado, vaciarán éste y dejaran las bolsitas donde estaban. Resumiendo: lo que no esté dentro del cubo para ellos no existe.
Pero aún hay más: aquí es obligatorio reciclar las basuras desde el primer momento. Hay tres cubos distinto para tres grupos de desechos: el verde, para basura orgánica -ay, esa es la peor si has de retenerla una semana más- negro, para inorgánica y azul para papel y cartón. Además, se reparten grandes sacos de plástico de color amarillo que hacen las veces de cubo de basura, para reciclar envases y botellas de plástico. Con lo cual, la historia -y a veces el sinvivir- del cubo se repite por partida cuádruple.
Por si todo esto fuera poco, para los desechos que no encajan en los supuestos, existen centros de reciclaje dedicados especialmente a recoger aparatos eléctricos, piezas de madera, corcho blanco, ropa usada, envases de vidrio -debidamente clasificados en vidrio blanco, verde o marrón- a los que uno puede -y debe- dirigirse para dar salida a la basura que se acumula con los años. Eso sí, sólo abren un determinado número de horas al día durante la semana y los sábados hasta las 12, con lo que se puede uno imaginar la de gente que hay un sábado. Algo así como durante el salto de la valla del Rocío o el metro de Tokio en hora punta, para hacerse una idea.
En definitiva, el sistema tiene una gran ventaja: las calles están limpias y las basuras no están “expuestas” en la vía pública noche y día. Cada cual es responsable de sus desperdicios hasta la hora de la entrega. Además, separando los desechos desde el primer eslabón de la cadena se logra ser muy eficiente a la hora de reciclar. Sin embargo, hay que ser muy disciplinado y saber adaptar tu modo de vida a este sistema, que como tantas otras cosas, nadie te explica cuando llegas al país. El día de recogida de tal o cual basura es un tipo de cita más a anotar en la agenda, como las visitas al médico o la peluquería. De lo contrario, cualquier día al oir el camión de la basura, te toca pegar el salto de la cama y vivir personalmente este post…
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