Una de mis estaciones de esquí favoritas es Brauneck, básicamente porque la tengo al lado de casa. No ofrece tanto kilómetros de pista como las enormes estaciones austriacas de Sankt Johann o Söll, pero la cercanía la hace adecuada para una escapada de medio día.
Pues resulta que ayer sábado me dio por pasar el día por allí, aprovechando que se abría la temporada y a pesar del frío -unos 8 grados bajo cero- que ya se anunciaba. Eso sin duda desanimó a mucha gente,pues la estación no presentaba el lleno habitual, haciendo más agradable la estancia a los que fuimos al no tener que hacer colas interminables para acceder a los remontes.
La estación solo tiene un pequeño problema: apenas hay rutas alternativas para descender desde la parte alta al valle. Una vez arriba, sólo una pista roja (de mediana dificultad) conduce de nuevo abajo. Esto no suele ser problema pues las pistas raramente se cortan al tráfico, salvo en días como el de ayer, que sucedió algo imprevisto.
Y el imprevisto fue que un esquiador sufrió un accidente en mitad de dicha pista; nada muy serio pues el individuo estuvo en todo momento consciente, hasta donde yo alcanzaba a ver, desde lo alto de un telesilla; pero lo suficiente como para que un helicóptero sanitario del ADAC -los ángeles amarillos, les llaman, un mote muy merecido- hiciera su aparición en mitad de la estación. Se me venían a la cabeza los manuales de socorro de montaña que leía en mis años mozos de Sierra Nevada, viendo al socorrista desde tierra estirar los brazos hasta hacer una “Y” perfecta para señalar al helicóptero dónde poder aterrizar.
La cuestión es que con precisión matemática, el piloto plantó su aparato en mitad de la pista que previamente había sido acordonada por el personal de la estación, para evitar accidentes, ya que el herido yacía en ese momento en una camilla en mitad de la nieve. Tras lo cual, descendieron médico y sanitarios y empezaron a procurar los primeros auxilios.
Yo, que lo observaba desde una zona superior, me contaba entre los que aquella aventura nos había pillado en la mitad superior de la pista, y por tanto, el cordón sanitario y el helicóptero en mitad de la pista nos impedía volver al valle. Ya he comentado arriba que hacía algo de frío, por lo que -como muchos- una vez pasado el interés inicial y a vista de que aquello iba a durar para largo, me dispuse a buscar vías alternativas para llegar al valle.
Y el problema es que no las había. Al final, tocó bajar con esquíes campo a través, atravesando bosques de abetos y matorrales, de los que si se te enganchan en las botas te vas al suelo fijo. Algunos de mis compañeros de infortunio no estaban acostumbrados a esquiar fuera de pista, y hacerlo por primera vez por pura obligación no era lo más adecuado. Más de uno estuvo a punto de ganarse un lugar en la camilla de helicóptero por méritos propios y algunos no dejaban de lanzar improperios al aire, lo que yo aprovechaba para -sin dejar de procurar no caerme- enriquecer mi conocimiento del idioma alemán. Al final, pudimos enlazar con la pista de descenso, dejando atrás el tramo cortado por el helicóptero. Desde allí hasta el valle, un camino de rosas.
Aquí dejo un par de fotos donde se puede ver el sarao que se montó. Del descenso salvaje no tengo fotos, pues tenía otras cosas en la cabeza antes que sacar la cámara, pero valga como muestra el señor de azul que se ve en la primera foto, para hacerse una idea de cómo fue el tramo de marras.


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