Según publica hoy el diario alemán Der Spiegel, más de la mitad de las empresas del DAX (el equivalente al Ibex 35 español), restringen el acceso a las redes sociales en general y a FaceBook en particular- en horas de oficina. El argumento que se esgrime es uno que viene al pelo a tenor de las críticas que la red Facebook está recibiendo por parte de las agencias de protección de datos: evitar la filtración de información sensible de la compañía y el espionaje industrial. Algunas empresas, directamente reconocen que consideran un peligro potencial para la productividad el dejar que sus trabajadores tengan acceso a redes sociales, pues temen que pasen horas y horas en la red en vez de atender a sus quehaceres.
Esto, sin dejar de ser totalmente legítimo -ya que la empresa es propietaria de su infraestructura de red y tiene derecho a decidir la política de uso que crea conveniente- me parece desacertado y preocupante por varios motivos: En primer lugar, estamos hablando de personal que pasa mucho tiempo delante de la pantalla de un ordenador y por tanto trabajadores cualificados que saben muy bien cuál es su obligación. Restringir el acceso a las redes sociales me parece una medida más apropiada para niños de colegio que para personas adultas con responsabilidades -sean pequeñas, medianas o grandes -en una empresa.
Pero es que además, una de las grandes ventajas de las redes sociales puede ser perfectamente capitalizada por las empresas: Me refiero a la transmisión de conocimiento profesional. Los que manejamos un perfil el LinkedIn o Xing, estamos acostumbrados a ver cómo en los foros de los muchos grupos específicos que existen, se plantean cuestiones y se resuelven problemas que surgen en el día a día, ya sean de índole tećnico o administrativa o comercial, etc. Gracias a ese intercambio de conocimiento altruista entre profesionales, las empresas -sin saberlo- ahorran muchísimo dinero.
Pero hay otro aspecto más importante que deja traslucir esta medida, y es por ello por lo que antes he usado el calificativo de preocupante: Una medida de este tipo pone de manifiesto una pésima política de recursos humanos, pues se valora la productividad en función de la horas que se pasen delante de un ordenador, en vez de fijarse en resultados tangibles que se deriven de lo que las personas realicen delante de esos ordenadores. Pero lo realmente pernicioso del sistema es que realmente puede afectar de forma muy negativa a la productividad de las personas: Si la métrica que se utiliza para determinar si nuestros empelados sos productivos pasa por cuantificar las horas pasadas sentado delante de una pantalla, es a eso a lo que se tenderá. Se considerará más productivo a aquel que realice maratonianas jornadas en su mesa de trabajo independientemente de la calidad del mismo, y se tendrá por persona poco comprometida con sus empresa a aquella que por ser más eficiente en su trabajo pueda coger la maleta e irse a casa a las cinco, aún que haya cumplido perfectamente con su trabajo del día. Las métricas para medir la productividad no miden de forma digamos “aséptica” el comportamiento de la gente, sino que influyen sobre las personas, que tienden a actuar de una determinada forma bien para conseguir premios, bien para evitar castigos.
La solución a mi juicio no pasa por ofrecer herramientas de trabajo castradas y tratar de poner puertas al campo -quién no tiene hoy día un móvil con tarifa plana de datos y acceso a internet?- sino por establecer una cultura basada en los resultados y la responsabilidad personal y no en las horas que se pasan en la oficina.
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