Hace unas semanas estuve de visita en el antiguo campo de concentración de Dachau, que ahora está habilitado como museo en la localidad del mismo nombre, un pueblo bávaro a pocos kilómetros de Múnich. Rodeado de bosque y con un centro histórico medieval fantástico.
Aunque vivo por la zona desde hace ya muchos años y tenía ganas de visitarlo desde hace tiempo, siempre por algún motivo o por otro no había encontrado en momento de hacerlo. Hasta ahora. Cámara en mano de fui hasta Dachau para ver uno de los campos de concentración nazis más emblemáticos del Tercer Reich.
El antiguo campo -ahora museo- está abierto prácticamente a diario. La entrada es obviamente gratuita -se han guardado bien de no hacer dinero con este tema, ni siquiera para costear su mantenimiento- y aunque lógicamente el visitante no puede abstraerse de lo que allí sucedió, hay que reconocer que no hay detalles morbosos durante la visita. Un patio central donde sólo quedan dos barracones como muestra, y un edificio administrativo adyacente habilitado como centro de interpretación donde hay abundante material gráfico de los horrores cometidos, evitando -en la medida de lo posible- traumatizar al visitante. Vi gente llorando allí. Y es que ese tipo de fotos, las presentes como las presentes, siguen siendo ese tipo de fotos.
Por lo demás, me gustó mucho una escultura que reproduce una fila de prisioneros, con la mirada perdida, conducidos en fila de a dos (ver foto arriba). El artista ha sabido captar muy bien la esencia del mensaje. Nada más cruzar por la puerta, ya eran fantasmas. Era curioso, pero me pareció que desde cualquier ángulo en que la mirase siempre encontraba la mirada de alguien de la fila fija en mi. Como pidiendo ayuda. La sensación de impotencia que transmite la obra es abrumadora. Es lo que traté de captar -en la medida de mis posibilidades- en la fotografía.
Al final de la visita reparé en una placa que hay junto a una de las entradas. En ella se recuerda a las tropas norteamericanas que en 1945 liberaron el campo y pusieron fin a la barbarie. Doce años estuvo en funcionamiento esa fábrica de muertos. Si bien Dachau no fue un campo tan letal como otros posteriores -murió uno de cada cinco prisioneros, si mal no recuerdo- tiene el dudoso honor de haber sido el modelo y precursor de otros como Auschwitz, que pusieron el listón de la barbarie realmente alto.
El campo – museo sin duda merece una visita. Es de agradecer que se haya mantenido hasta ahora para recordarnos lo que puede llegar a pasar cuando las personas dejan a un lado su conciencia y sucumben a la locura colectiva.
Las fotos de la visita se pueden ver en mi cuenta de Flickr.
RSS





Comentarios recientes